Capítulo 1 de The Fiery Heart - Traducido

Traducido por Rose Andresen

ADRIAN


No voy a mentir. Entrar a tu habitación y ver a tu novia leyendo un libro para nombres de bebés puede hacer que tu corazón se detenga.

—No soy un experto —empecé, eligiendo mis palabras con cuidado —, bueno, en realidad lo soy. Y estoy bastante seguro que hay ciertas cosas que debemos hacer antes de que tengas que leer eso.

Sidney Sage, la novia anteriormente nombrada y la luz de mi vida, ni siquiera me miró, aunque sonrió.

—Es para la iniciación —dijo sin rodeos, como si estuviera hablando de hacerse las uñas o de hacer las compras en lugar de unirse a un aquelarre de brujas—. Tengo que tener un nombre “mágico” para usar en las reuniones.

—Claro. Nombre mágico, para la iniciación. Un día más de la vida, ¿eh?

No porque fuera el indicado para hablar, siendo que yo era un vampiro con las fantásticas aunque complicadas habilidades de curar y compeler a las personas.

Esta vez, Sidney sonrió aún más y me miró. La luz de la tarde que se calaba por la ventana de mi habitación iluminó sus ojos e hizo que destacara el color ámbar en ellos. Sus ojos se abrieron en sorpresa cuando notó las tres cajas que llevaba.

—¿Qué es eso?

—Una revolución en música —declaré, dejándolas en el piso. Abrí una de las cajas, revelando un tocadiscos—. Vi un anuncio de un chico que estaba vendiéndolos en el campus —Abrí una caja llena de discos y levanté Rumours de Fleetwood Mac—. Ahora puedo escuchar música en su estado más puro.

Ella no parecía impresionada, algo sorprendente para alguien que pensaba que mi Mustang de 1967, el cual había nombrado el Ivashkinator, era una especie de reliquia sagrada.

—Estoy segura de que la música digital es tan pura como se puede. Eso fue un desperdicio de dinero, Adrian. Puedo meter todas las canciones en esas cajas en mi teléfono.

—¿Puedes meter las otras seis cajas que están en mi auto dentro de tu teléfono?

Sidney pestañeó sorprendida y luego se puso seria.

—Adrian, ¿cuánto pagaste por todo eso?

Decidí no contestar.

—Hey, aún puedo pagar el auto. A penas —Al menos no tenía que pagar la renta, puesto que el departamento estaba prepago, pero aún así tenía que pagar otras cuentas—. Además, tengo un presupuesto mayor para estas cosas, ahora que alguien me hizo dejar de fumar y recortar la “hora feliz”.

—Más bien “día feliz” —dijo con malicia—. Estoy cuidando tu salud.

Me senté a su lado sobre la cama.

—Igual que yo estoy cuidándote de tu adicción a la cafeína.

Era un trato que había hecho, haciendo nuestro propio grupo de ayuda. Yo dejé de fumar y acorté la bebida a un trago por día. Ella renunciaba a sus dietas obsesivas por una cantidad considerable de calorías y acortaba el café a una taza por día. Sorpresivamente, ella fue quien tuvo un peor momento con eso que yo con el alcohol. En esos primeros días, pensé que tenía que llevarla a rehabilitación.

—No era una adicción —dijo, aún molesta—. Más bien un… estilo de vida.

Me reí y atraje su rostro hacia el mío para besarla y, así de simple, el resto del mundo se disolvió. No había libros de nombres, no había discos, no había hábitos. Solo existía ella y el sentir de sus labios, la forma exquisita en que conseguían ser suaves y feroces al mismo tiempo. El resto del mundo pensaba que ella era rígida y fría. Pero solo yo sabía la verdad acerca de la pasión y el hambre que estaban encerrados en ella —bueno, Jill y yo, la chica que podía ver dentro de mi mente debido a un lazo psíquico que compartíamos.

Mientras recostaba a Sydney en la cama, tuve un leve, fugaz pensamiento de cuan tabú era lo que estábamos haciendo. Los humanos y los Moroi había dejado de entremezclarse cuando mi raza se escondió del mundo en la Edad Oscura. Lo habíamos hecho por seguridad, decidiendo que era mejor si los humanos no sabían de nuestra existencia. Ahora, mi gente y la suya (los que sí sabía sobre los Moroi) consideraban este tipo de relaciones malas y, en ciertos círculos, oscuras y retorcidas. Pero no me importaba. No me importaba nada más que ella y el modo en que tocarla me volvía loco, incluso cuando su calmada y firme presencia suavizaba las feroces tormentas en mí.

Auqnue, eso no quería decir que alardeábamos. De hecho, nuestro romance era una secreto bien guardado, uno que requería muchos escapes y planes bien calculados. Incluso ahora, el reloj corría. Este era nuestro horario en los días hábiles. Ella tenía un estudio independiente en su último período de clases, una clase a cargo de una indulgente profesora que la dejaba salir antes para poder venir rápido hacia aquí. Conseguíamos tener una hora de besos o charlas —usualmente de besos frenéticos, por la presión que nos abrumaba— y luego regresaba a su escuela privada justo a tiempo de que su pegajosa hermana Zoe que odiaba a los vampiros saliera de clases.

De alguna manera, Sydney tenía un reloj interno que le decía cuando se nos acababa el tiempo. Creo que era por su inherente habilidad de hacerse cargo de muchas cosas a la vez. Yo no. En estos momentos, mis pensamientos estaban enfocados en sacarle la remera y si esta vez lograría pasar más allá de su sostén. Hasta ahora, no había podido.

Ella se sentó, con sus mejillas sonrojadas y el cabello dorado despeinado. Era tan hermosa que me hacía doler el alma. Siempre había deseado con desesperación poder pintarla en estos momentos e inmortalizar esa mirada en sus ojos. Había una suavidad en ellos que raramente veía en otras ocasiones, una total y completa vulnerabilidad de alguien que normalmente era tan reservada y analítica en el resto de su vida. Pero aunque fuera un pintor decente, capturarla en una pintura sobrepasaba mis habilidades.

Recogió su blusa marrón y la abotonó, escondiendo el encaje turquesa con su ropa conservativa con la cual le gustaba escudarse. Había hecho un cambio en sus sostenes en el último mes, y aunque siempre tenía que verlos desaparecer me hacía feliz saber que estaban ahí esos lugares coloridos en su vida.

Mientras caminaba hacia el espejo en mi vestidor, conjuré un poco de la magia espíritu en mi para ver su aura, la energía que rodeaba a todos los seres vivientes. La magia me trajo una breve onda de placer y luego la vi, esa luz brillante a su alrededor. Era la misma de siempre, el amarillo de los inteligentes balanceado con el violeta de pasión y espiritualidad. Con un pestañeo su aura desapareció, a la vez que ese mortal placer del espíritu.

Terminó de acomodar su cabello y miró hacia bajo.

—¿Qué es esto?

—¿Hmmm?

Me levanté para posicionarme detrás de ella y rodear su cintura con mis brazos. Luego, vi lo que recogió y me puse rígido: brillantes gemelos hecho con rubís y diamantes. Y así de simple, la calidad y la felicidad que había sentido fue reemplazada por una fría pero familiar oscuridad.

—Eran un regalo de cumpleaños de mi tía Tatiana hace unos años.

Sydney levantó uno y lo estudió con un ojo experto. Sonrió.

—Tienes una fortuna aquí. Esto es plata. Véndelos, y tendrás una pensión de por vida. Y todos los discos que quieras.

—Dormiría en una caja de cartón antes de venderlos.

Ella notó el cambio en mi y se dio la vuelta, su expresión llena de preocupación.

—Hey, estaba bromeando —Su mano tocó mi rostro con suavidad—. Está bien. Todo está bien.

Pero no lo estaba. El mundo repentinamente era cruel, sin esperanzas, vacío con la pérdida de mi tía, reina de los Moroi y la única en mi familia que no me juzgaba. Sentí un nudo en mi garganta, y las paredes parecían cerrarse a mi alrededor al recordar la manera en que había sido apuñalada y como había empapelado las paredes con esas fotos cuando estaban tratando de encontrar al asesino. No importaba que la asesina estuviera encerrada y aislada para su ejecución. Eso no traería a mi tía Tatiana de regreso. Ella se había ido, a lugares donde no podía seguirla —al menos no ahora— y yo estaba aquí, solo, insignificante y pedido…

—Adrian.

La voz de Sydney era calmada pero firme, y lentamente, me aparté de esa desesperación que podía venir tan rápido y pesado, una oscuridad que se había incrementado al pasar de los años con el uso de espíritu. Era el precio por ese tipo de poder, y estos repentinos desvíos habían hecho más y más reciente.

Me enfoqué en sus ojos, y la luz regresó al mundo. Aún me dolía la pérdida de mi tía, pero Sydney estaba aquí, mi esperanza y ancla. No estaba solo. No era desentendido. Tragando saliva, asentí y le di una pequeña sonrisa mientras la oscura mano del espíritu apartaba su agarre en mi. Por ahora.

—Estoy bien —Viendo la duda en su rostro, besé su frente—. De verdad. Tienes que irte, Sage. Harás que Zoe empiece a dudar, y llegarás tarde para tu reunión de brujas.

Me miró un momento con preocupación y luego se relajó un poco.

—Bien. Pero si necesitas lo que sea…

— Lo sé. Lo sé. Llamaré al Teléfono del Amor.

Eso la hizo sonreír. Recientemente habíamos comprado teléfonos prepagos secretos que los Alquimistas, la organización en que ella trabajaba, no podrían vigilar. No porque la vigilaran regularmente, pero ciertamente podrían si pensaban que algo sospechoso estaba sucediendo, y no queríamos que encontraran una lista de mensajes y llamadas.

—Y volveré esta noche —agregué.

A eso, su expresión se endureció nuevamente.

—Adrian, no. Es muy riesgoso.

Otro de los beneficios del espíritu era la habilidad de visitar a las personas en sus sueños. Era una manera útil de hablar puesto que no teníamos mucho tiempo juntos en el mundo real —porque no hablábamos mucho en el mundo real estos días— pero como cualquier uso de espíritu, era un riesgo continuo para mi sanidad. Esto la preocupaba mucho, pero yo lo consideraba algo pequeño con tal de estar con ella.

—Sin argumentos —le advertí—. Quiero saber como va todo. Y sé que vas a querer saber como van las cosas para mi.

—Adrian…

—Lo mantendré cortito —prometí.

Sidney aceptó de mala gana —sin verse feliz en absoluto— y la acompañé a la puerta. Mientras pasábamos por el living, se detuvo en una pequeño terrario cerca de la ventana. Sonriendo, se arrodilló y golpeó el vidrio. Adentro había un dragón.

No, en serio. Técnicamente, era un callistana, pero raramente usábamos ese término. Usualmente ló llamábamos Hopper. Sydney lo había conjurado de algún reino demoníaco como un especie de ayudante. Mayormente parecía querer ayudarme al comerse toda la comida chatarra en mi departamento. Ella y yo estábamos atados a él y, para mantener su salud, debíamos que turnarnos para tenerlo. Aunque, desde que Zoe se había mudado, mi casa se había convertido en su principal residencia.

Sydney  levantó la tapa del tanque y dejó que la pequeña dorada criatura subiera a su mano. El la miró con adoración, y no podía culparlo por ello.

—Ya estuvo bastante tiempo fuera —dijo ella—. ¿Estás listo para un descanso?

Hopper podía existir en esta forma de vida o transformado en una pequeña estatua, lo cual ayudaba a evitar preguntar incómodas cuando la gente venía. Pero solo ella podía transformarlo.

—Seh. Sigue tratando de comerse mis pinturas. Y no quiero que me vea besarte.

Sidney lo acarició en la barbilla y soltó las palabras que lo transformaban en una estatua. La vida era mucho más fácil así pero, igualmente, por su salud necesitaba salir una que otra vez. Eso, y ese pequeñito se había ganado un lugar en mí.

—Lo voy a llevar por un tiempo —dijo ella, metiéndolo en su bolso. Incluso si estaba inerte, se beneficiaba de estar cerca de ella.

Libre de esa pequeña mirada, le di un largo beso de despedida, uno que no quería romper.

 Rodeé su rostro en mis manos.

—Plan de escape número diecisiete —le dije—. Fugarnos y abrir un stand de jugos en Fresno.

—¿Por qué Fresno?

—Suena como un lugar en el que la gente bebe mucho jugo.

Ella sonrió y me besó nuevamente.

Los “planes de escape” eran un chiste privado, siempre ridículos y numerados en cualquier orden. Usualmente los inventaba en el momento. Aunque, lo que era triste era que en realidad los pensábamos más que cualquier otra cosa. Ambos sabíamos que estábamos viviendo el presente, con un futuro en absoluto claro.

Romper ese segundo beso fue difícil también, pero ella finalmente lo logró y la observé marcharse. Mi departamento parecía vacío sin su presencia.

Subí el resto de las cajas de mi auto y revolví entre los tesoros que contenían. La mayor parte de los albums eran de los sesenta y setenta, con algunos ochentosos aquí y allá. No estaban organizados, pero no traté de ordenarlos. Una vez que Sydney superara su punto de vista de que eran un derroche de dinero, no podría contenerse y terminaría ordenándolos por artista, género o color. Por ahora, puse el tocadiscos en el living y saqué un disco al azar: Machine Head de Deep Purple.

Faltaban un par de horas más para la cena, así que me senté delante de un caballete, mirando el lienzo blanco  mientras trataba de decidir como lidiar con mi tarea de pintura en óleo avanzado: un auto retrato. No tenía que ser exacto. Podía ser abstracto. Podía ser lo que fuera, mientras tantos me representara. Y estaba trabado. Podría haber pintado a cualquier persona que conociera. Quizás no podía capturar la mirada de éxtasis que Sydney tenía cuando estaba en mis brazos, pero podía pintar su aura o el color de sus ojos. Podría haber pintado el rostro frágil y sabio de mi amiga Jill Mastrano Dragomir, una joven princesa de los Moroi. Podría haber pintado rosas en llamas en tributo a mi ex novia, quien había destrozado mi corazón pero aún así admiraba.

¿Pero a mi mismo? No sabía que hacer conmigo. Quizás era un bloqueo artístico. Quizás no me conocía.

Mientras miraba el lienzo, mi frustración creciendo, debía pelear contra la necesidad de ir hacia mi prohibido gabinete de alcohol y servirme una bebida. El alcohol no era necesario para hacer buen arte, pero usualmente me inspiraba. Prácticamente podía saborear el vodka. Podía mezclarlo con jugo de naranja y pretender que tomaba algo sano. Mis dedos temblaban, y mis pies casi me llevaban directo a la cocina —pero me resistí. La seriedad en los ojos de Sydney quemaban mi mente, y volví a enfocarme en el lienzo. Podía lograrlo, sobrio. Le había prometido que tomaría un solo trago al día, y mantendría mi promesa. Y, por el momento, ese trago lo necesitaba para el final del día, cuando estaba listo para ir a la cama. No dormía bien. Nunca dormí bien en toda mi vida, así que necesitaba cualquier ayuda que pudiera conseguir.

Mi decisión en mantenerme sobrio no resultó inspirativo y, cuando se hicieron las cinco, el lienzo seguía blanco. Me levanté y estiré mi cuerpo, sintiendo esa oscuridad regresar. Era más enojo que tristeza, mezclado con frustración por no poder hacer esto. Mis profesores de arte decían que tenía talento pero, en momentos como este, me sentía como el vago que la mayoría de la gente decía que era, destinado a una vida de fracaso. Era especialmente depresivo cuando pensaba en Sydney, que sabía todo sobre todo y podía sobresalir en cualquier carrera que quisiera. Dejando de lado el problema vampiro-humano, me tenía que preguntar qué podría ofrecerle yo a ella. No podía pronunciar ni la mitad de las cosas que le interesaban, y menos discutirlas. Si alguna vez conseguíamos vivir una vida normal juntos, ella estaría fuera pagando las cuentas mientras yo me quedaba en casa limpiando. Y tampoco era bueno en eso. Si lo que quería era solo llegar a casa y ver a un bombón con cabello lindo, probablemente podía hacer eso bien.

Sabía que estos miedos eran magnificados por el espíritu. No todos eran reales, pero eran difíciles de olvidarlos. Dejé el arte para después y salí afuera, esperando encontrar distracción en la noche venidera.

El sol se estaba ocultando, y en la noche de invierno de Palm Springs difícilmente necesitas una campera. Era el tiempo favorito para los Moroi, cuando aún había sol pero no lo suficiente para resultar incómodo. Podíamos soportar algo de sol, no como los Strigoi —los vampiros no muertos que mataban para conseguir sangre. El sol los destruía, lo cual era un beneficio para nosotros. Necesitábamos toda la ayuda que pudiéramos conseguir para luchar contra ellos.

Conducí hasta Vista Azul, un suburbio solo a diez minutos del centro donde se ubicaba la Preparatoria Amberood, la escuela privada que Sydney y el resto de nuestro variado grupo atendía. Sydney normalmente era la conductora designada del grupo, pero ese honor había recaído sobre mi mientras ella se escapaba a su reunión clandestina con el aquelarre. Los del grupo estaban esperando fuera de los dormitorios de la chicas cuando me detuve.

Me incliné sobre el asiento y abrí la puerta.

—Todos abordo —dije, y entraron.

Eran cinco ahora, sumándome a mi y llevándonos a un siete de la suerte si Sydney estuviera aquí. Cuando primero llegamos a Palm Springs, éramos solo cuatro. Jill, la razón por la que todos estábamos aquí, se sentó a mi lado dándome una gran sonrisa.

Si Sydney era la principal fuerza de calma en mi vida, Jill era la segunda. Tenía solo quince años, siete años menor que yo, pero había una gracia y sabiduría que irradiaba de ella. Sydney podría ser el amor de mi vida, pero Jill me entendía de una manera que nadie más podía. Era difícil que no lo hiciera, con ese lazo psíquico. Había sido forjado cuando usé espíritu para salvar su vida el año pasado —y cuando digo “salvar”, lo digo en serio. Técnicamente Jill estuvo muerta por menos de un minutos, pero muerta igualmente. Había usado espíritu para lograr un milagro y traerla de regreso antes de que el otro mundo pudiera reclamarla. Ese milagro nos había enlazado con una conexión que le permitía sentir y ver mis pensamientos —aunque no al revés.

Las personas que eran traídas de regreso eran llamadas “besadas por las sombras”, y eso solo hubiera sido suficiente para joder la a cualquier chico. Jill tenía, además, la desgracia de ser una de las dos personas que quedaban en un linaje de la realeza Moroi. Esto era algo reciente para ella y su hermana, Lissa —la reina Moroi y una buena amiga mía—, necesitaba a Jill viva para poder asegurar su trono. Aquellos que se oponían al reinado liberal de Lissa querían a Jill muerta, porque para mantener un trono se debía tener al menos otro familiar viviente. Y por eso, alguien tuvo la cuestionable, brillante idea de mandar a Jill a esconderse en medio de una ciudad de humanos en el desierto. Porque, en serio, ¿qué vampiro querría vivir aquí? Era una pregunta que ciertamente me hacía muy a menudo.

Los tres guarda espaldas de Jill se subieron al asiento trasero. Eran todos dhampir, una raza nacida al mezclarse vampiros y humanos cuando nuestras razas podían amar libremente. Eran mas fuertes y rápido que el resto de nosotros, haciendo de ellos guerreros ideales en una batalla contra Strigoi y asesinos de la realeza. Eddie Castile era el líder del grupo, una roca confiable que había estado junto a Jill desde el principio. Angeline Dawes, el volcán pelirrojo, era un poco menos confiable. Y por “menos confiable”, quiero decir “en absoluto”. Aunque, era muy buena en una pelea. La nueva adhesión al grupo era Neil Raymond, conocido como, Alto, Correcto, y Aburrido. Por razones que no entendía, Jill y Angeline parecían creer que esta conducta suya era señal de una persona honorable. El hecho de que había ido a la escuela en Inglaterra y había adquirido un acento británico parecía alborotar sus estrógenos.

El último miembro del grupo estaba parado fuera del auto, sin querer entrar. Zoe Sage, la hermana de Sydney.

Se inclinó hacia delante y me miró, con esos ojos marrones casi como los de Sydney pero con menos dorado.

—No hay lugar —dijo—. Tu auto no tiene suficientes asientos.

—No es verdad —respondí, al mismo tiempo que Jill se sentaba más hacia mi—. Este asiento está hecho para dar lugar a tres personas. El último dueño incluso le agregó un cinturón de seguridad extra —Mientras eso era más seguro para estos tiempos modernos, Sydney casi tuvo un paro cardíaco al saber que el Mustang había sido alterado de su forma original—. Además, somos todos familia, ¿no?

Para darnos fácil acceso el uno al otro, habíamos hecho que Amberwood creyera que éramos todos hermanos y primos. Cuando llegó Neil, en cambio, los Alquimistas se rindieron en hacerlo pasar como familia puesto que las cosas ya se estaban volviendo ridículas.

Zoe miró el lugar vacío por unos segundos. Incluso aunque el asiento fuera largo, tendría que acurrucarse con Jill. Zoe había estado en Amberwood ya por un mes pero poseía todos esos prejuicios que su gente tenía sobre los vampiros y los dhampir. Lo sabía bien porque Sydney también solía tenerlos. Era irónico porque la misión de los Alquimistas era mantener el mundo de los vampiros y lo sobrenatural escondido de sus pares humanos, quienes pensaban que no podrían manejarlo. Los Alquimistas se regían por la creencia de que los de mi especie eran retorcidas partes de la naturaleza que era mejor separar de los humanos, para que no los marquemos con nuestra maldad. Nos ayudaban a regañadientes y eran útiles en una situación como la de Jill, cuando debían hacer arreglos detrás de escena con autoridades humanas y oficiales de escuelas. Así fue como mandaron a Sydney, para acomodar el camino para Jill y su exilio, puesto que los Alquimistas no querían una guerra civil entre los Moroi. Zoe fue mandada como una aprendiz y se había vuelto una gran molestia para esconder nuestra relación.

—No tienes que venir si tienes miedo —dije. No había otra cosa que pueda decirle que no la motivara más. Estaba determinada a volverse una súper  Alquimista, mayormente para impresionar a su padre, quien, concluí después de escuchar varias historias suyas, era una completa mierda.

Zoe dio un largo respiro y se contuvo. Sin otra palabra más, se subió junto a Jill y cerró la puerta con fuerza, apartándose lo más posible.

—Sydney debería haber dejado el SUV —murmuró tiempo después.

—¿Dónde está Sage, de todos modos? Eh, Sage Mayor —me corregí, saliendo de la escuela—. No porque no me guste ser su chofer, chicos. Tendrías que haber traído una gorrita negra, Jailbait —codeé a Jill, quien me devolvió el codazo—. Podrías haberlo hecho en tu clase de costura.

—Está haciendo un proyecto para la Señorita Terwilliger —dijo Zoe, sin aprobarlo—. Siempre está haciendo algo para ella. No entiendo por qué búsquedas sobre historia lleva tanto tiempo.

Poco sabía Zoe que ese proyecto involucraba a Sydney siendo iniciada en el aquelarre de su profesora. La magia humana era algo extraño y misterioso para mí —y completamente anatema a los Alquimistas— pero Sydney aparentemente era natural en ello. No me sorprendía, siendo que ella era natural en todo. Se había sobre puesto a sus miedos a la magia, como lo hizo conmigo, y ahora estaba completamente sumergida en aprender el oficio con su loca pero adorable mentora, Jackie Terwilliger. Decir que esto no le gustaría a los Alquimistas era obvio. De hecho, era una cuestión qué cosa les molestaría más: aprender los artes arcanos o besarse con un vampiro. Sería cómico sino fuera por el hecho de que realmente me preocupaba lo que los Alquimistas podrían hacerle a Sydney si alguna vez la descubrían. Era por eso que Zoe había hecho las cosas más peligrosas.

—Porque es Sydney —dijo Eddie desde el asiento trasero. Por el retrovisor pude ver una sonrisa en su rostro, aunque aún así tenía una mirada filosa mientras observaba el mundo por posibles peligros. El y Neil había sido entrenados por los guardianes, la organización de dhampirs rudos que protegían a los Moroi—. Dar el cien por ciento en una tarea lo considera una holgazanería.

Zoe sacudió su cabeza, no tan divertida por ello como nosotros.

—Es solo una clase estúpida. Solo necesita pasar.

No, pensé. Necesita aprender. Sydney no solo devoraba los conocimientos porque sí. Lo hacía porque le encantaba. Y lo que más hubiera amado más que nada hubiera sido perderse en la agonía de la uní verdad, donde podría aprender lo que quisiera. En cambio, había sido iniciada en el trabajo familiar, saltando de un lugar a otro cuando los Alquimistas le ordenaban una nueva misión. Ella ya se había graduado de la secundaria pero trataba este segundo año de secundaria como si fuera el primero, dispuesta a aprender lo que pudiera.

Algún día, cuando todo esto termine, y Jill esté a salvo, nos fugaremos lejos de todo. 

No sabía donde, ni tampoco cómo, pero Sydney se encargaría de esas logísticas. Se escaparía del agarre de los Alquimistas y se convertiría en la Doctora Sydney Sage, Doctora en Filosofía, mientras yo… bueno, haría algo.

Sentí una mano sobre mi brazo y miré rápidamente a Jill, que me miraba con simpatía, con sus ojos color jade brillando. Sabía lo que estaba pensando, sabía de las fantasías que tenía. Y le devolví una pequeña sonrisa.

Manejamos por la ciudad, luego fuimos hacia las afueras de Palm Springs a la casa de Clarence Donahue, el único Moroi suficientemente tonto como para vivir en este desierto, hasta que mis amigos y yo nos mudamos el otoño pasado. El viejo Clarence era un chiflado, pero uno tan amable como para darle la bienvenida a un grupo de Morois y dhampir y dejar que usemos a su alimentador/ama de llaves.

Los Moroi no tienen que matar para conseguir sangre como los Strigoi, pero sí lo necesitamos al menos una vez a la semana. Afortunadamente, había suficientes humanos en el mundo feliz de proveer su sangre a cambio de una vida dedicada a las endorfinas que brindaba la mordida de un vampiro.

Encontramos a Clarence en su living, sentado en su gran sillón de cuero y usando una lupa para leer un libro antiguo. Levantó la cabeza cuando entramos, sorprendido.

—¡Aquí en un miércoles! Que linda sorpresa.

—Es vienes, señor Donahue —dijo Jill amablemente, mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla.

Él la miró con cariño.

—¿Lo es? ¿No estuvieron aquí ayer? Bueno, no importa. Dorothy, estoy seguro, estará contenta de servirles.

Dorothy, su envejecida ama de casa, parecía muy servicial. Se había sacado la lotería cuando Jill y yo llegamos a Palm Springs. Los Moroi más viejos no bebían tanta sangre como los jóvenes, y mientras Clarence aún podía proveer un éxtasis ocasional, las visitas contantes con Jill le proveían éxtasis constante.

Jill se apresuró hacia Dorothy.

—¿Puedo ir ahora?

La mujer asintió con gusto, y las dos se marcharon de la habitación hacia un lugar más privado. Una mirada de asco cruzó por el rostro de Zoe, aunque no dijo nada. Ver su expresión y como se sentó lejos de nosotros me recordó a Sydney en los viejos momentos, y casi sonrío.

Angeline prácticamente se balanceaba sobre el sillón.

—¿Qué hay de cenar?

Tenía un inusual acento sureño al haber vivido en una comunidad rural de Moroi, dhampir, y humanos, cerca de las montañas, quienes eran los únicos que sabía que vivían libremente y se casaban. Todos los demás los miraban con una mezcla de horror y fascinación. Pero tan atractiva como parecía esa opción, vivir con ellos nunca cruzó mi mente en mis fantasías con Sydney. Odiaba acampar.

Nadie contestó. Angeline miró a todos.

—¿Y bien? ¿Por qué no hay comida?

Los dhampir no bebían sangre y podían comer la misma comida que los humanos. Los Moroi tambien necesitaban esa comida, solo que no en la misma cantidad. Llevaba mucha energía mantener ese metabolismo activo de los dhampir.

Estas reuniones se habían vuelto una especie de cena familiar, no solo por la sangre sino por comida regular. Era una linda forma de pretender que teníamos vidas normales.

—Siempre hay comida —siguió Angeline, en caso de que no lo supiéramos—. Me gustó esa comida India que comimos la otra vez. Esa malasa o lo que fuera. Pero no sé si tendríamos que seguir yendo hasta que no empiecen a llamarla comida Nativo Americana. No es nada educado.

 —Usualmente Sydney se encarga de la comida —dijo Eddie, ignorando la familiar y adorable tendencia de Angeline de irse por las ramas.

—No usualmente —corregí—. Siempre.

Angeline se fijó en Zoe.

—¿Por qué no nos hiciste para por comida?

—¡Porque ese no es mi trabajo! —Levantó su cabeza— Estamos aquí para mantener a Jill en secreto y asegurarnos de que quede fuera del radar. No es mi trabajo alimentarlos.

—¿En que sentido? —pregunté. Sabía perfectamente que era algo rudo pero no pude resistirme. Le llevó un momento darse cuenta del doble sentido. Al principio se puso pálida; luego se puso roja de furia.

—¡Ninguno! No soy su conserje. Tampoco Sydney. No se por qué se ocupa de esto por ustedes. Debería encargarse de cosas que son esenciales para su supervivencia. Ordenarles pizza no lo es.

Fingí un bostezo y me hundí en el respaldo del sillón.

—Quizás se dio cuenta de que si estamos bien alimentados, ustedes dos no nos parecerían tan apetitosas.

Zoe estaba demasiado aterrorizada como para contestar, y Eddie me soltó una mirada.

—Basta. No es tan difícil ordenar una pizza. Yo lo haré.

Jill estaba de regreso cuando él terminó la llamada, con una mirada divertida en su rostro. Aparentemente había visto la pequeña escena. El lazo no estaba prendido todo el tiempo, pero parecía que hoe iba bastante fuerte. Con el dilema de la comida resuelto, sorprendentemente logramos una camaradería —bueno, menos Zoe, quien solo miraba y esperaba.

Las cosas iban bien entre Angeline y Ediie, excepto por un reciente y desastroso intento de cita. Ella lo había superado y ahora pretendía estar obsesionada por Neil. Si Eddie aún estaba mal, no lo demostraba, pero eso era típico de él. Sydney dijo que él estaba secretamente enamorado de Jill, algo en lo que también era bueno ocultando.

Podría haber aprobado eso, pero Jill, como Angeline, pretendía que estaba enamorada de Neil. Era todo un acto de las dos chicas, pero nadie —ni siquiera Sydney— me creía.

—¿Te parece bien lo que ordenamos? —le preguntó Angeline— No hiciste ningún pedido.

Neil sacudió su cabeza manteniendo el rostro serio. Mantenía su cabello muy corto y de una manera eficiente. Era la típica cosa que los Alquimistas hubieran adorado.

—No puedo perder el tiempo con cosas triviales como pepperoni y hongos. Si hubieras ido a mi escuela en Devonshire, lo entenderías. En una de nuestras clases, nos dejaban solos en unos páramos para defendernos nosotros mismos y aprender supervivencia. Pasa tres días comiendo ramas y flores, y aprenderás a no discutir sobre comida.

Angeline y Jill abrieron sus bocas en sorpresa como si eso fuera lo más masculino que había escuchado. Eddie reflejaba mi misma expresión, debatiéndose si este chico era de verdad tan serio como parecía o era solo un genio con frases armadas.

El celular de Zoe sonó. Miró la pantalla y se levantó de un salto.

—Es papá.

Inmediatamente atendió y salió de la habitación.

No era un experto en premoniciones, pero un escalofrío me corrió por la espalda. El papá Sage no era el típico tipo amigable y cálido que llamaba durante horas de trabajo, cuando sabía que Zoe estaba haciendo su trabajo de Alquimista. Si algo iba mal con ella, también con Sydney. Y eso me preocupaba.

A penas presté atención al resto de la conversación mientras contaba los segundos hasta que Zoe volviera. Cuando finalmente volvió, su rostro me dijo que estaba en lo cierto. Algo malo había pasado.

—¿Qué pasa? —demandé— ¿Sydney está bien?

Me di cuenta tarde de que no tendría que haber mostrado preocupación por ella. Ni siquiera nuestros amigos sabían de nosotros. Afortunadamente, toda la atención estaba puesta en Zoe.

Lentamente sacudió su cabeza, con los ojos bien abiertos y sin poder creerlo.

—No… no lo sé. Son mis padres. Se van a divorciar.


***

Aw, Adrian necesito leer este libro. u.u cuatro meses más, cuatro meses más.

Espero hayan disfrutado el capi tanto como yo (: Y, si van a compartirlo, recuerden poner que lo traducí yo  (Rose Andresen) y el link del blog y/o foro. Un pequeño intercambio justo =p


¡Besos!

2 comentarios:

Paula Mayfair dijo...

oh Adrian *abanicando mi rostro* es tan adorable!!! Estúpido espíritu que lo pone emo :C aunque sin esa locura suya característica no sería lo mismo :3

Gracias Ro :D

Rose* dijo...

De nada Pau ! :D Es demasiado tierno, dan ganas de darle un abrazo y cantarle algo para que se calme (? xD

↑arriba